viernes, 17 de octubre de 2014

Paulina Vinderman

Fotografía: Mariel Burstein

Tríada poesía, octubre de 2006





Bitácora


Paulina Vinderman nació en Buenos Aires en 1944.
Publicó diez libros de poesía, entre ellos "Bulgaria", Libros de Alejandría, 1998,
"El muelle" , Alción Editora 2003, "Transparencias", antología poética, Arquitrave
Ediciones, Bogotá, Colombia, 2005.
Obtuvo entre otros el Segundo Premio Municipal de Buenos Aires 98-99,
el Premio Nacional Regional, Secretaría de Cultura de la Nación, 93-96;
Premios Fondo Nacional de las Artes 2002 y 2005 y el Premio de la Ciudad de
Cremona, Italia, 2006, al conjunto de su obra.
Ha sido traducida parcialmente al inglés, francés, italiano y alemán.






Poesía


La poesía, ese juego mayor; esa aceleración de la percepción, esa mota de polvo-luz que habita en el corazón del lenguaje; esa voz que viaja desde el fondo de los tiempos y va hacia el fondo de los tiempos dejando la huella, el rastro de un perfume: memoria, comprensión, lúcida estalagmita en la cueva del mundo.




Poemas de Paulina Vinderman

De “Rojo junio


Postdata



Y todavía no te he hablado del
deterioro del correo en esta oscura provincia
del imperio.
El empleado únicamente gruñe
recostado contra un almanaque del año anterior
(un fondo excesivo de flores, vacas y montañas)
pero ahora lo enamoraron los destinos de mis cartas,
sonríe —algunas veces—
y puedo apostar que piensa en mí
cuando cruza los puentes rumbo a su almohada.
Uno puede adueñarse de los sueños de otros
para no morir, uno puede aceptar la vida como una
representación del deseo.
Así es que sin turbulencias, invento falsas
cartas a escribir —
exóticos remitentes en la mañana que tiembla—
y ese hombre y yo
volvemos a ser porosos, invencibles,
por un rato.





 
Isla Tortuga


Me despierto feroz esta mañana,
con ganas de amor y desayuno de campo.
Me apodero de la ciudad
abandonada a los pájaros como un
pueblo costero después de una tormenta,
y pienso en lo que queda:
un promontorio,
un refugio áspero al que visita
un cartero con la bolsa vacía
y juega a los dados en la penumbra de la
                                                                     cocina.
No espero nada del verano.
No espero nada del poema.
Hay que pintar esa puerta herrumbrada
y contarme algún cuento de cuando
los piratas eran serios, señores de palabra
                                                                   seca
y corazón ablandado como una ciruela
dentro del jarro de ron.




De “Escalera de incendio
 

La superficie del verano


Hay un grillo bajo la tapa y raíces que cuelgan
en el corredor.
Hay restos de maíz, de arenales de río,
marzo pisa las calles y establece la duda
como triunfo sobre la mesa.
Es tiempo de terminar las historias
y ponerlas a secar (la vida está vestida
por nosotros desde temprano.)
Mi amiga dice: "El mundo es inconquistable"
mientras la colilla le quema los dedos y
ensombrece los ojos
"Pero le robé a un hombre el corazón".
Qué hiciste con él, no digo, dice el viento,
qué hiciste con él.





 
Verano de 1954


Lanzo un sombrero imaginario al aire
y vivo otro día.
Escondida en algún lugar entre el cansancio
y el dolor, está la pasión.
Cierro los ojos en la oscuridad
y muero otro día.

Está arrojando el sombrero desde una terraza:
una chica flaca, de triste curiosidad.
Enfundada en un vestido más grande que sus sueños
(y en los sueños de otros.)

Qué era lo que cantaban todos alrededor,
hay un gran marco para una letra excluyente,

qué fue lo que cantaban.

Escondida en algún lugar entre la baranda
y el vacío, está la pasión.





En ninguna parte


Es una extranjera en su ciudad.
La delatan su furia, su pasión por narrar,
el uso de palabras que atesora como talismanes
bajo la lengua quieta:
zapote, encarnadura, cielo mayor,
tiene miedo a olvidar.

Las luces se hunden en su insomnio
como piedras contra la argamasa en el imaginario.
El mundo se interrumpe en cada carta que
espera
y sólo canta en sueños, los puños apretados,
quién sabe qué canción que huele a flores
o a la sordidez de algún bar, donde alguien le cuenta 
su vida,
el hocico húmedo contra su oreja paciente.

Ella teme olvidar pero el gran olvido la espera
junto al río.
“Perderme en un bosque, morir por amor,
no diluirme como la témpera en el vaso, no ser
Diego de Zama en la ribera”.

Regresa por calles bajas, temerosas,
se cruza con un afilador en bicicleta.
“Malecón”, murmura.
Definitivamente, está perdida.




De “Bulgaria
 

Black Mask


En la novela negra
ella no se enamoraría del asesino,
sería la torva ingenua bailarina de cabaret
o la dulce —nada ingenua—
muñeca con ojos como ciervos, pelo
para agitar en el viento entre las acacias.

En la novela negra
no podría jamás cruzar la línea,
                bajo su respiración
estarían los muros amarillos,
la seducción de un héroe al que abrazar.

Y ya no importaría la tensión del poema
o de su espalda 
                               soportando el mundo.

En la novela negra ella no tendría esta asfixia,
               este estribillo que envejece
a medida que come de su pan
y abre los brazos en la oscuridad
                 en un escándalo incumplido.

Si algo la habita
es la memoria de un puerto insignificante
                                                                 y caluroso
donde la muerte no era un estallido
sino una conversación, una clara evidencia.




 

Cónsul honoraria


Te escribo desde la nada,
pequeña oscura funcionaria que ni siquiera ve el río.
La cúpula rota se refleja en los charcos
cuando llueve
y es el único sitio en que brilla el destierro,
la única moneda que parece de oro.

A la hora del café todos hablan de nada, 
se espera una tormenta (que pueda desprender el esmalte
del aire) o la notificación de otro destino.
Me siento como un cónsul en mi propia ciudad:
un poema reseco debajo del informe, la mitad
de una carta, una invitación para la fiesta en el muelle.

Esa mujer con los ojos muy pintados debo ser yo,
la que saluda bajo la luz naranja
de los faroles de papel e imagina a una goleta
amarrada a unos pasos
y a su escritorio flotando en alta mar.
El viento es débil
y la humedad de las plantas el punto de impresión.

Una ciudad, otra ciudad, se inclinan sobre mi vida
con su historia (y no lloran la mía)
Nombres tan fuertes como árboles,
tienen razones para llegar al cielo e intentar 
resistir al huracán (que también gime un nombre)

La vieja furia por no saber donde piso está presente
(como un clásico)
Una niebla que se levanta del agua y oculta

el horizonte.
Veo mis pies, veo el repliegue,
la noche que termina sin haber empezado,
un cuaderno de notas en los hospitales del mundo.
Una locura de cristal, acuartelada.




 

De “El muelle


VI  El buzón


Detrás del vidrio el buzón se comporta como un testigo mudo.
Jamás podrá hablar de este íntimo mensaje, escrito
en la galería de la cordura: una flor helada
                  (como los reproches)
creciendo en silencio hacia un enigma.
Hay un imán en el papel, un espejo,
una confianza translúcida avanzando con la tarde.
Va en busca de la noche, de su palidez de claustro
en la aventura de encontrar la historia:
esa guitarra que nunca toqué, la voz del coro, no la mía.

Nunca vi a nadie echar una carta en ese buzón.
Y yo podría hacer de la espera de ese gesto
la tabla de salvación, podría convertirlo en un destino.
Una rebelión más confiable
que mis golpes contra las paredes en hoteles de paso
y la promesa renovada de borrar mi nombre.
He vivido, de gestos como éste,
he sido cómplice de animalitos huraños
que sólo me daban su aliento aferrados a lo real
como una ráfaga oscura.




 

XIII


La sombra del árbol cae sobre la ventana
y la mujer sorbe su café dentro de un cuadro de Hopper.

Nada puedo perdonar.

Ni su escote, ni que no levante los ojos para
hermanar su soledad de verano sin humo,
ni sus piernas cruzadas como cubiertos sobre el plato
en una cena tardía, inmóvil, sin conversación.

Este calor lo corrompe todo, deja manchas 
en las hojas y en las maderas.
La pesadilla de la noche anterior persiste el día entero
como un ácido, como una gota de sangre vieja.
Es la derrota de mi propia casa
llevada en andas por enemigos invisibles durante
la estación cálida.

En una leyenda habría una conspiración:
la mujer y yo compartiríamos un hombre o un delito.
Huiríamos juntas, por las calles más escondidas del puerto
entre edificios demolidos y ventanas tapiadas.
Y la vida seguiría siendo este enigma ordenado,
esta resaca de todo fulgor, la búsqueda de un reducto
para reponerse de los errores.

En un rincón de la ciudad dormida, sobre el escenario de
un sótano, al fin improvisamos un diálogo de seda,
prisioneras de las cinco personas -remotas-
en la oscuridad.

¿Nos volveremos más bellas bajo el spot?
¿Más serenas?

Conozco esta ciudad de epopeyas secretas
y renuncias.
Conozco esta hora en que el poema empieza a 
escribirse bajo las uñas
y pagamos por una ventana que da a un pavimento 
                                                                              aceitado
donde el miedo puede recostarse contra la luz.


Tríada poesía, octubre de 2006


domingo, 12 de octubre de 2014

Fabián Vique


Tríada poesía, diciembre de 2006




Bitácora

Nació en Buenos Aires, Argentina, el 24 de junio de 1966.
Publicó una colección de libros de pequeño formato titulada"Minicuentos" (Morón, Provincia de Buenos Aires, 1997), y otro libro de minificciones "Con las palabras contadas" (Madrid 2003).
Textos suyos aparecen en muchas antologías como Concurso "Haroldo Conti" para jóvenes narradores, Otras Puertas, Bs. As., 1994; Flora de Selva Negra, Edit. Dunken, Bs. As., 1998, (minificciones, cuentos y poemas); De mil amores (minificciones), Thule, Barcelona, 2005, Microquijotes, Thule, Barcelona, 2005; y en revistas como Puro Cuento, Buenos Aires, 1992, y Quimera, Barcelona, 2003, entre otras.
Obtuvo distinciones como el Primer premio en el 14º Concurso de Cuentos Breves de la revista Puro Cuento (Argentina, 1992), el  Primer premio en la categoría Literatura, en la Tercera Bienal de Arte Joven de la Ciudad de Bs. As. (1993); Mención de Honor del Fondo Nacional de las Artes (Argentina, 1995); Finalista del Premio Proyección de la Fundación Círculo Cultural y la Fundación Banco Patricios (Argentina, 1996); Primer premio en cuento en el XII Concurso de cuentos de la Universidad Autónoma de Madrid (España, 2003).
Es profesor de lengua española y literatura, trabajó como profesor durante más de diez años en escuelas secundarias de la Provincia de Buenos Aires. Residió en Madrid en los años 2001 y 2003. Vivió en Kragujevac, Serbia, donde trabajó como lector de español, y fue profesor colaborador en el Instituto Cervantes de Belgrado. Además está realizando un curso de doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid, para el cual escribe una tesis sobre la minificción en Argentina.



Poesía

Es viernes a la noche, las mesas y sillas no alcanzan, seremos unos cincuenta, el mozo pasa como puede, casi todos tomamos cerveza. El baterista parece ser el que decide la próxima interpretación. Parten de algo conocido y después improvisan e hilvanan música. El guitarrista está la mitad del concierto sentado, el bajista, de pelo largo y el único que tiene barriga, está de pie en el centro y mueve la cabeza o más bien el pelo. El batero es piel y hueso y una cabeza destacable. El tecladista es el que más se mueve, lleva un sombrero arrabalero.
La música y las artes visuales son infinitamente superiores a la literatura. Los músicos y yo no hablamos la misma lengua, jamás leerán siquiera este texto magro, y sin embargo yo puedo disfrutar a la par de ellos el arte de su interpretación.
Cuando están terminando uno de los temas el tecladista pifia un acorde que descoloca a los demás. Se produce un sonido raro y un silencio que constituyen un final inesperado y abrupto. Los músicos se miran y se ríen, el público aplaude.
Y en medio de los aplausos arrancan con otra.




Poemas de Fabián Vique


1
buitres en el piso
con entusiasmo invasor
en busca de la onomatopeya perfecta
la que recomienda la academia
la que enviaste por el correo sentimental
la que olvidé
aquella esquela que alguna vez
como de paso
dejó un olor a verdad
 



2
canción efímera pero
     en su casualidad
en armonía
     con la voz de los soles
con el húmedo encadenarse
     de las geométricas nubes
de los doscientos cielos
    cuya lectura es posible
desde el aire
 



3
mirando alrededor
del interior de la vasija
veo el cuenco de una mano
y la madera
de cuyo barro surgió el cielo
 



4
se cierran los ojos y se ve
el álbum completo del surrealismo
en un critón de segundo
 



5
todas las palabras de la biblioteca
cayeron al unísono
se oyó
un estrépito ensordecedor
y en un devaluado big
bang
se conformó un universo
pequeño y complejo
cuya naturaleza
será imposible develar
con estas herramientas
que son fruto
de aquella catástrofe

 


6
no hay razón
para escribir en una piedra
que castiga la marea

no hay marea
para escribir en una razón
que castiga la piedra

no hay piedra
para escribir en una marea
que castiga la razón

 


7
nada interrumpe mi sueño
salvo mi sueño
cuando golpea las ventanas

 

8
ahora que nos detenemos
ahora que nos miramos a los ojos
ahora que nos alcanzamos
¿qué nos une?

¿acaso una confianza que
al tanto de su carácter
se desvanece?

¿acaso una tristeza que
hermanada de sí misma
se sube a los puentes?

¿acaso una ilusión que
de tanto lastimarse
renace con heridas?


 

Relojes
 
Hay un reloj en la pared.
La  televisión encendida, sin volumen.
Ella se está duchando.
Es tarde, está cansada.
Y está harta de todo.
Del trabajo,
de la familia,
de mí.
Me ofrecerá café, fumará un cigarrillo.
Hablaremos de alguna trivialidad.
Iremos a dormir.
Hay un reloj en la mesita de luz.
Va a sonar a las ocho.


 
Memoria de la eternidad
 
Ella enviaba un mensaje:
“En diez minutos estoy en tu casa”.
Yo le ofrecía café o vino.
Nos acariciábamos,
mirábamos alguna película,
hacíamos algún comentario,
hacíamos el amor,
dormíamos.
Por la mañana nos íbamos
a nuestros respectivos trabajos inestables.
Y así
pasaban los meses suaves,
dulces,
como si estuviésemos en la eternidad.
Acaso estábamos.
Pero cayó un pájaro en China
o una comadreja en Kuala Lumpur.


 
Vocación
  
Y ahora que me dedico a escribir poemas
por las mañanas,
cuando creo que tengo lucidez,
me entero de que me falta un perro
o una planta,
por quienes preocuparme a estas horas
en vez de hacerme el lírico en una libretita sin personalidad.
Una planta a la que mire crecer minuciosamente,
a la que pueda contarle mis cosas,
una hoja que esté viva.



Imagine

En Florida y Mitre
un tipo con un sicu,
otro con una quena
y un tercero con una guitarra
interpretan Imagine, de John Lennon.
Tienen el pelo largo, ondulado,
lavado con champú Sedal Crema
enjuagado con crema de enjuague para cabellos castaños.
Divide la escena un atril,
un CD que reza Inti Ruku.
Del otro lado pasan sin mirarlos oficinistas,
turistas, buscas, revendedores,
chorros y policías.
Evocan imágenes prestadas,
en blanco y negro,
con meriendas de entrecasa.
Más tarde, en sus casas, aguantaderos,
hoteles, comisarías, canturrean,
sin saber de dónde viene:
Imagine all the people,
living for today.

 


Buenos Aires es un flash

En la explanada de la Biblioteca Nacional,
Las Heras y Agüero, Barrio Norte, a ver si nos entendemos,
se está inaugurando una exposición de fotos
de un tal Luis Abadi.
En las fotos se ve lo típico:
gente pobre de Buenos Aires,
no hay que caminar mucho para encontrarlos,
el tópico del viejo con pocos dientes
que le ríe al reflex.
Está el fotógrafo y muchos comedidos
vestidos elegantemente,
se amontonan delante de las fotos,
hablan de las circunstancias de las tomas,
de la propicia luz de esa tarde,
de tu prima la Jacinta,
hasta que vienen las empanadas y el vino,
todos van para las mesas,
arriman las sillas,
quedan de espaldas a las fotos amuradas en la pared,
de espaldas a la risa de los pobres,
y morfan como animales.
En el cartel hay frases de agradecimiento,
entre otras a Sebastián Rodas
a quién se le ocurrió la ingeniosa frase
Buenos Aires es un flash.
Ninguno de los protagonistas de las fotos está acá,
será caro pagarles un taxi o darles para el bondi,
para que vengan a ver lo graciosos que están
y de paso probar las empanadas.
No habrá por qué
digo yo,
así como Raota no invita a los caballos que fotografía a las inauguraciones
así tampoco el gran Luis Abadi
tiene por qué invitar a sus negros,
hay empanadas de carne y también de verdura para los vegetarianos,
el vino no es muy bueno.
Por suerte algunos estudiantes salen de la biblioteca
se topan con el meeting gastronómico,
se arriman,
le hincan el diente a las empanadas,
se cuelan vasos de tinto,
le ponen un poco de onda a la inauguración
antes de que empiece a diluirse.
Las panzas llenas, los eructos reprimidos,
los vasos a medio terminar
abandonados a su suerte al rayo del sol.

 


Me tomo el bondi

Me tomo el bondi para venir acá,
para volver a vos, para venir a mí,
me tomo el bondi por no tomar la balsa,
por no ir a Gardel con París,
me tomo el bondi porque es barato y se conoce gente,
para no ser responsable
para ser yo el que se va
(sabés que no soy así que lo mío es pura pose),
me tomo el bondi para conocerte,
para creer en Dios que te inventó,
me tomo el bondi para descubrirte,
para ser Rodrigo de Triana y gritar como un loco,
me tomo el bondi porque si fue la manera de encontrarte
tiene que ser la llave de no perderte,
me tomo el bondi para ver tu mano en el balcón,
para tenerte,
me tomo el bondi porque la vida está en cualquier parte,
me tomo el bondi para leerte en el bondi,
para tocar tus palabras,
para cantar callado sin desafinar,
pare decirte sin querer las palabras precisas entre figuras del discurso,
para besarte los recuerdos y ser el café de tu mesa,
mientras llega el bondi de la vuelta.

Tríada poesía, diciembre de 2006

sábado, 4 de octubre de 2014

María Malusardi


Tríada poesía, febrero de 2006



Bitácora

No hay nada más difícil que hablar acerca de uno mismo. Y regreso a aquello que dice Clarice Lispector sobre la escritura de ficción, y que cité ya en la poética: aquella escritura transfigurada, sea poesía o prosa, es un modo de acercarse a la comprensión de uno mismo. Por lo tanto, la biografía de uno habita, más o menos velada, según el caso, en la obra. Insiste la voz de esta gran autora brasilera: “Las palabras me preceden y sobrepasan, me tientan y me modifican, y si no tengo cuidado será demasiado tarde: las cosas se dirán sin que yo las haya dicho”. Esto sucede inexorablemente con la escritura en relación a la vida de uno, en tanto autor.

Puedo citar algunas cuestiones curriculares tales como que soy periodista, y agrego que la literatura es mi modo de estar de una manera tolerable en el mundo, en este mundo: “la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”, acertó Cesare Pavese.

Escribí muchísimo más de lo que publiqué, por cuestiones obvias: es poco lo que uno puede rescatar de lo tanto que escribe. Cada paso en la escritura es, primero que nada, una búsqueda, un boceto, un intento incipiente de expresión. Luego, con trabajo y permanencia, llega lo demás.

Mi primer libro me sigue generando desconcierto. Lo escribí y publiqué a comienzos de mis 20 años y se llama Payaso rojo. Aunque ya entonces tenía clara conciencia de la responsabilidad que implica el trabajo con el lenguaje, este librito apresurado apenas lo reconozco, apenas valoro. Y sin embargo lo cito, quizás a mi pesar, en las solapas de mis otros libros, porque lo considero parte esencial de mi proceso, el primer envión hacia lo que vendría después, muchos años después. ¿Un pecado de juventud? ¿Un error necesario? Suelo nombrarlo, también y fundamentalmente, porque fue Javier Villafañe, mítico poeta y titiritero, quien me impulsó a publicarlo y quien, generosamente, le dedicó un pequeño prólogo que ha quedado impreso para siempre en la contratapa del libro. Javier vio más allá y esa fue su mejor ayuda. Ni la herida gratuita a una joven iniciándose, ni la mentira, otra forma de la impiedad. Simplemente percibió un potencial que luego se desarrollaría con tenacidad, voluntad, dolor y paciencia.
Escribí cuentos, alguna vez, y amé –y amo- ese género como lectora. Luego abandoné su escritura. Personalmente, no encuentro un sentido profundo de expresión en la prosa; no me incita, la narrativa, a hundirme en el lenguaje de la manera en que me es reclamado desde dentro. La poesía surge de mí como agua termal, la prosa se me ha tornado algo difícil; ya no llega.
Creo ser una buena lectora, en el sentido amoroso y crítico. No elijo mis lecturas de acuerdo a los géneros: todo me interesa si concentra lo que busco, lo que estoy necesitando como lectora. Me preocupan más el reino del lenguaje, la mirada sobre el mundo y la hondura filosófica que un apropiado argumento, producto de ingeniosas construcciones. Ciertamente, la poesía es un género que leo de manera ininterrumpida. Es un foco de investigación y de búsqueda, no sólo un merecimiento hedonista. Soy caótica y autodidacta. No me jacto. Por el contrario, me entristece no haber podido sostener con la misma rigurosidad que sostuve la escritura y la lectura, un estudio académico. Sé que he perdido mucho por el camino. Lo intenté –y quizás insista- en varias ocasiones, pero fracasé cada vez.
Poco a poco me fui convirtiendo en periodista y poeta. Y aquí estoy, siempre inconformista, rebelde ante mí misma, insatisfecha de lo que vendrá, antes de que llegue. Siempre urticante, exigente y compleja a la hora de escribir. Pero nunca paralizada, jamás. La parálisis puedo vencerla, puedo combatirla con la necesidad de escribir. Porque si no escribo me muero de golpe y, la poesía, insisto, es una manera de ejercitarse –prepararse- con lentitud y cuidado, para la muerte: con mayor o menor consciencia, es un proyecto en sí mismo.
Nací en Buenos Aires y estoy a punto de cumplir los cuarenta años. Sin duda, un momento de inflexión que cabalga entre la maravilla de la madurez justa y la violencia que genera la cercanía de la vejez. Todo, ahora, es más inminente.
Publiqué, en 2001, “El accidente – Mosaico de familia”, que contiene dos libros dentro: “El accidente” y “El ojo del mundo”, una selección rigurosa de mis poemas más viejos.  En 2002, la editorial Alción editó “la carta de vermeer” y en 2005, la misma editorial, “variaciones en la niebla”.
He terminado recientemente un libro cuyo título es “diálogo con pescadores” eincluye “antígona o la derrota”. También anda flotando “museo de postales”.Y trabajo, en este momento, un poema extenso fragmentado, como los dos anteriores (“variaciones…” y “diálogo…”) cuyo título es, hasta el momento, “ejercitarse en morir”.
No tengo mucho más para agregar, sino pedir disculpas por hablar de mí misma. Espero haberlo hecho con humildad y, cuando hablo de humildad, lo hago en el sentido en el que lo decía, y otra vez cito con perdón, la maravillosa Clarice Lispector: “me refiero a la humildad que viene de la plena conciencia de ser realmente incapaz”.



Poesía

Hace años que llevo un diario íntimo, pero de poéticas. Diario de poéticas: así lo he titulado. Allí no apunto mis experiencias prácticas de la vida cotidiana, sino mis experiencias con la poesía, con la escritura y la lectura. Especialmente, he ido apuntando y entrelazando textos ajenos, a modo de caótico ensayo. Y durante los últimos años he registrado, en particular, el proceso de escritura de mis poemas, como una búsqueda hacia mí misma, para comprenderme en ese proceso con el lenguaje. A propósito de esto, me identifico con un texto de Clarice Lispector: “Mis intuiciones se vuelven más claras con el esfuerzo de expresarlas con palabras. Es en este sentido, pues, que escribir me resulta una necesidad. Por un lado, porque escribir es una manera de no mentir el sentimiento (la transfiguración involuntaria de la imaginación es tan sólo un modo de llegar); por otro lado, escribo por la incapacidad de entender, si no es a través del proceso de escribir.”
 La escritura, en esta instancia de mi vida, no es inocente, despojada de la idea del lector, pero ciertamente estos apuntes del Diario de poéticas son eso, apuntes para mí misma. Por ejemplo, en momentos en los que se me pide una poética, como ahora, apelo a las más de trescientas páginas y allí busco ese rejunte obsesivo y abigarrado de citas ajenas mezcladas con mis propias reflexiones, improvisadas por lo general.
En las variadas voces de los poetas encuentro, a modo de señales intrigantes que conducen hacia algún sitio desconocido, mi/s propia/s poética/s.
Una vez, me invitaron a participar en un congreso de literatura en la ciudad de La Plata. Me habían ubicado en una mesa en la que debía exponer un texto sobre “la verdad de la ficción”: ese era su título inclemente. En ese momento, apelé con una cierta desesperación –dado que no acostumbro a preparar trabajos de esta índole- a mi Diario de poéticas. Así construí el texto que sigue a continuación y que responde, de algún modo, a lo que también me ha sido pedido para Tríada: una poética personal. Como el tema es arduo e interminable, decidí transcribir, en este espacio, ese mismo texto que da cuenta, quizá de manera fragmentaria pero significativa, de lo que es la poesía para mí.

“La verdad de la ficción”: Poesía y verdad
“El arte y la literatura como vías de acceso a la realidad y a un saber único e inigualable”.

La literatura no me interesa, pues, profundamente, sino en la medida en que ejercita el espíritu en ciertas transformaciones: aquellas en las que las propiedades excitantes del lenguaje juegan un papel decisivo.”
 
                                                 
 Paul Valéry
 
 Ante la exigencia que me genera este título, me permito la digresión, o la evasión, si se quiere evitar el eufemismo, del tema. Hablaré del tema escapándome de él, al menos en los términos en los que está planteado. “La verdad de la ficción” no es un título que me compete, porque no me competen ni la teoría literaria ni la filosofía. No sería serio de mi parte desarrollar algo que requiere de un tiempo considerable de estudio, de investigación y de escritura. Entonces, me pregunté, ¿qué es lo mío y cómo puedo relacionarlo con este título, ya que azarosamente estoy en esta mesa y debo intentar algo con cierta responsabilidad? Y me respondí que lo mío, en principio, son la poesía y la escritura como expresión, preocupación y necesidad. En síntesis, me interesan, me intrigan, me deslumbran, me inquietan, siempre, la escritura, la palabra, el lenguaje y la sospecha de que su paroxismo se alcanza en la poesía. Estas son mis verdades, para utilizar una de las palabras propuestas en el título de esta mesa, o más bien esta es mi pequeña e íntima verdad. ¿Pero mi verdad para qué? ¿Para qué la verdad de la poesía, la palabra, la escritura? El para qué pareciera siempre desprenderse de la boca de un niño, como un inexorable, y a la vez permite, desde esa misma libertad infantil, respuestas no lógicas. Respuestas, entonces, libremente poéticas.
          
 
¿Para qué, entonces, la verdad de la poesía?

Para aproximar. Para sobrellevar. Para creer. Para destruir. Para apropiarme del dolor. Para embellecerlo. Para conocer. Para ahondar. Para humedecer. Para descansar. Para reaccionar. Para vivir. O más bien para ir hacia la muerte:
 …se podría decir que escribir poesía es también ejercitarse en morir”.(Joseph Brodsky)
La verdad poética reside en la experiencia inefable que puede producirse con, y en, la palabra: Aún surgen las palabras bordeando sutilmente lo indecible”. (Rainer Maria Rilke)
       
La poesía enciende lo inhabitable.

Rilke ahonda “la huella/ del murciélago rasga la porcelana de la tarde.” No es el animal sino el atisbo de su paso, no es la brutal presencia ocupando voluminosamente un espacio, sino la fragancia de sus hábitos. Eso es para mí la poesía. René Char completa: “Un poeta debe dejar huellas de su paso, no pruebas. Solamente las huellas hacen soñar.”
La poesía es la huella del soñador, el modo de caminar del poeta. La palabra es la huella de la poesía. La huella es la poesía del camino.
 Pero en el camino siempre se encuentra la tragedia.
 “¿Quién
dice que se nos murió todo
cuando se nos quebraron los ojos?
Todo despertó, todo comenzó.”
Paul Celan
 
 El poema resucita -el poeta resucita-, se renueva en el lenguaje, aunque anuncie lo asesinado, lo perdido. Porque en el mismo acto de anunciar hay regeneración, ilusión, belleza, renacimiento.
 Paul Celan va detallando, a lo largo de su poesía, que la palabra es el hilo que sutura la nieve imposible. La piel de los hombres es el depósito del hierro caliente. La piel de los hombres es de nieve y eso lo hace todo más soportable. La nieve de la palabra. La palabra poética, aun en las peores circunstancias, es la única salvación. “Hacer poesía es en sí mismo una salvación”: otra vez mi infatigable Clarice Lispector, porque ha sabido reconocer a lo largo de su obra este privilegio de la palabra.

Otras poéticas:
 René Char: “La poesía es el reflejo que menos se demora bajo los puentes”. Porque es un destello revelador, un impacto al corazón, una bala encaprichada con el eco triste del canto.
 
 Sylvia Plath:
“El chorro de sangre es poesía:
No hay forma de cortarlo.
Tú me alcanzas dos niños, dos rosas.”
Plath se va en la poesía, su cuerpo es una hemorragia que logra transformar en poesía, un contraste de huesos secos contra la flor mojada del hijo naciendo. La poesía se produce en ese contraste, en esa tiranía dolorosa de opuestos.
 
 María Zambrano:
La poesía es un abrirse del ser hacia adentro y hacia fuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la oscuridad. Nada que agregar.
 
 ¿Buscamos la verdad en la poesía, al escribirla, al leerla, al ejercerla en toda su amplitud? Roberto Juarroz aporta algo interesante al respecto: “Lo que la poesía busca no es el confortable recurso de una respuesta, sino algo mucho más grave y más importante para el hombre, que es, ante la imposibilidad de respuestas, crearle presencias que lo acompañen. La poesía crea, no soluciones, no fórmulas, no recetas fáciles para la vida, sino compañía para la vida.”
 Ir trenzando a modo de diálogo interno las poéticas de los mismos poetas es una tarea fascinante e infinita. Una hermosa batalla eterna. Una búsqueda insaciable de verdades que se interrogan.
 La poesía es un camino, una elección, un modo de flotar con todo el peso del mundo sobre uno. La poesía es paradoja y la paradoja es una verdad posible para alcanzar la intranquilidad, es decir el conocimiento, el saber, ese distraerse de la muerte, diría Bataille, pero con alto vuelo y rozando siempre la belleza. A tal punto que, como escribió Char la poesía robará mi muerte.”



Autores
Elegir tres poemas. Tres poemas de tres poetas. ¿Con qué criterio acotarse tanto a uno mismo para, en un principio, ofrecerle a un lector los gustos propios como un otro lector?
No es sencillo. Porque son muchos los poetas importantes para mí. Poetas que han marcado un momento de la vida. Poetas de ayer y de hoy, y tan diferentes. Yo podría decir que Paul Celan, leído en todas las traducciones posibles porque carezco del alemán, ha sido fundamental para mí. Me ha cavado misteriosamente. Me ha cortado el aire. Me ha obligado a permanecer en él por siempre. También, aunque de otro modo, Rainer Maria Rilke y Fernando Pessoa. Pero no voy a poner un poema de Celan, porque no hay un poema sino una obra entera. Lo mismo con Rilke y Pessoa.
Luego están los poetas que me han acompañado y me acompañan aún, como Juan L. Ortiz, César Vallejo, Luis Cardoza y Aragón, Eugenio Montale, Jorge Luis Borges, Yves Bonnefoy, René Char, Quevedo, San Juan de la Cruz, Pedro Salinas, Miguel Hernández, Antonio Gamoneda, Edgar Bayley, Susana Thenon, Marianne Moore, Emily Dickinson, Paulina Vinderman, Alejandra Pizarnik, Marina Tsvietaieva, Anna Ajmatova, Henri Michaux, Bernard Nöel, Juan Gelman, Joaquín Gianuzzi, Manuel Castilla, Francisco Madariaga, Roberto Juarroz, Leopoldo Teuco Castilla, Jorge Boccanera, Anrnaldo Calveyra, Vicente Huidobro, Enrique Lihn, Gonzalo Rojas, María Negroni y aquí me detengo por la lista es interminable.
En esta ocasión, me quedé con Giuseppe Ungaretti, porque es uno de los más grandes y de los que más he necesitado aprender. Luego quiero rescatar un poeta que significó mucho para mí en mis comienzos y que, considero, sigue siendo uno de los más maravillosos de nuestra lengua, por sus imágenes, por su despliegue, por su intensidad: Enrique Molina. La tercera poeta elegida es Olga Orozco: no hay demasiado que decir más que su poesía resulta insuperable y bella.




Poemas de María Malusardi



De "El accidente (Mosaico de familia)"
Ed. Mascaró, 2001


 
la desazón después el beso
en ese orden aparezco en el mundo
una madre es un piano triste
el primer accidente una madre adentro de otra madre



la rueda aplastó el amor
(ya no pregunto por mi accidente)
entre la cara y el suelo
flota lo perdido cuando nos besábamos
es región de la nada la boca contra la boca



me daba pena la vaca en el pupitre
no tenía dedos para la tiza
ni una voz sutil ni un moño
ningún vestido le entraba sólo
un guardapolvo blanco hecho a medida
la diferente la de anteojos la que concentra
en el submarino de sus ojos minados
la humareda de los niños en el aula



las mujeres de la familia nos parecemos
dos abuelas mi madre y yo
somos una de ojos mezclados
en mí derivamos
cada vez que alguna muere
me ensancho
soy
la tumba de todas



mi madre reunida en el adoquín
mi padre enredado en la velocidad de la luz
yo dentro de mi vestido
en el borde de la ruta
en el marco de la ventana
reviso
cuento las edades del rocío
jamás
repartiré mis propios hijos por el mundo




De “la carta de vermeer”
Ed. Alción, 2002

 
 “precicipios” (parte I)

hay una niña en la cebolla que amanece
y llora el sol
es indefensa
desmesuradamente opaca:
se me acorta el itinerario en cada
esquirla en la memoria



se ama ese vaivén esa síntesis
de pertenecer y no
a una casa a un animal a un accidente
se ama esa manera de huir
                                               dinamitarse el corpiño
recuperar añicos de pezones en la lluvia



esas mujeres que hunden sus ropas en los ojos soy yo
abrazo hijos
reflejados en las ventanas de vermeer
hay cansancio en la lechera
laúdes que el siglo ampara la cuerda rota
partos amasan el pan del día
fetos enlutados en la rueca del desteje



en la almendra demasiado triste de paul celan
la palabra circuncidada nombra
al inhabitable:
aceite seco en tanta mirada hermosa y destructiva
abarca dedos de manos cortadas
no tiene maternidad
el inhabitable
                           ni balanza
para pesar la tristeza de la almendra de paul celan
un número debajo de la nieve
                               las crines
                              de paul celan
                                                            en el alambrado
 a Marcos Rosenzvaig



 
no ignoro el precipicio del lenguaje donde reconstruyo
mi íntimo holocausto


 
tristeza de cuerpos infantiles en la palabra
no saben los padres:
entre la nieve y la teja la muerte
es un poeta umbilical
inacabado



la bicicleta azul prolonga mi vestido
pedaleo
las vueltas se repiten alrededor del nogal
ramaje y nueces derraman padres rotos
pedaleo
la mariposa atrapada en la rueda sangra el arco iris



hay hormigas en mi cocina evoco
a marianne moore
la poeta
han cavado entre los libros la tumba la seda del verbo
salieron en procesión degradando
adverbialmente el caos de mi alacena no han podido hacer
del azúcar
el sueño de un caballo
                                       a mí
me raptaron
                          me besan con dolor



la sintaxis familiar descansa en la
fragmentación del cuerpo:
                              la poesía infierno de mis partes así somos
                              las palabras



estoy sola cuando me abrigan
vas a morirte me dicen y el clave bien temperado
de bach se interpone
sobrevivo desde siempre a esta brújula rota



a cuatro manos me reciben mis abuelas
                                                                          pianísticamente
lloran
quién sos
me preguntan mientras bailan




 
no me reconocen
                                        retocan con sus labios mi sombrero
                                        o mi encrucijada
me relamen como gatas me preparan
para estos montes sin sentido ni pájaros



entre el sauce de juan ele y las seis llagas
de paul celan mi biografía apunta a la disolución
estigma debajo del estigma
las hojas derraman sobre la estrella al único poeta
agua del paraná refugio del judío y del solo
tanta pluma para una sola ciénaga


 
para comprender un girasol en la realidad
será indispensable
en adelante
recurrir
 a van gogh:
                                          dice artaud
para una ventana y el sentido
de una carta bajo esa luz entre las manos abismars
e
en vermeer



él dice no son agujeros
son precipicios
los que desprecian a la muerte no se encaman
él transita mi pubis escenifica el grabado de otto dix
la guerra fundió la historia
juntos decimos
el presente es borde lo demás
precipicio



 “peligros” (parte II)

menta mi cuerpo no es caramelo sino granada
blanco sobre mí así me soñaste
sobre vos ahondo cuando duermo
allanamiento de fetos nos irrumpe
                                                               cuna de cuchillos
no fabrican más que dulces
y son fuego
desmesuras
balazos en la boca



cúmulo de bocas en racimo de adorada venganza
el capricho de los poderosos no es beso
es
perforarme en nombre del peligro para mejor
para vos mejor claman en mi incendi
o
                                                                            deshuesan
mi poema



la enfermedad está en el sueño
                                                      un hijo
en la quemadura tiembla el peligro de nacer
el avión se incrusta
                            mi vagina
                                                       pan de cuerpos
ya no tengo versos que corregir ni incendiar
matanza es humanidad sin límites



un desorden de viento
somos lluvia
                          mujeres desde misiles
los pechos
                          estallan
la boca del bebé: campo de vejación
piel
envoltorio de cardos
a qué renunciamos para no querernos tanto



en la púa quién no deja la cabeza
los niños toc
an acordeón
                                             desde su ahorque
el único murmullo el mismo tren
del cuarentaycinco hacia atrás todo vuelv
e
                                                                       i
nundación y dedos
cortados sobre la mesa peces clandestinos
se atreven al destripe
peligran
                  cavan
mi cuerpo deslechado



 
De “variaciones en la niebla”
Ed. Alción (2005)
(fragmentos)


        debajo de la cama caballos destripan el polvo desnudan la niebla

 


 clava su mito (la lentitud de la niebla es agresiva) un animal empuja hacia un ritual de cucharas y de humo



 

en la niebla no nos perdíamos estábamos simplemente abiertos al roce de la montaña desesperaba la ropa en la caída



 

un día el dolor no pasó no había cama no había dónde saberse horizontal era algodón en el dibujo de la infancia rulo de oveja para descansar los dedos humo: no era un matiz apenas era beberse a sorbos la mirada


 


 sólo avanzo hacia mí dejándome animal tendido sobre la palabra


 


 en esta escena de mí contra mí voy de la niebla hacia la niebla



 

 hacia dónde si no hay qué futuro recordar qué devenir del pasado: este nudo de ovejas desordena el tiempo de mis ojos



 

en el fondo de la niebla donde es el crujir del barro y la liviandad ha perdido su pureza la niña pregunta cómo es que vamos a morir nosotros si nos vemos nos queremos jugamos al ciempiés pregunta: es el fin? como nadie hay para inquirirme quedo allí suspendida en la poesía



 

 no hay tiempos en la niebla oprime el verso libre o la elegía acongoja el desencuentro incomoda la serenidad de nuestras llagas




 

también amar en la niebla también la red de seres unidos a mí seres conforman mi cuerpo lo anteceden lo precipitan lo sostienen hunden el proceso vacilante oscilante indeciso mi cuerpo vaivén de tropas sacándome del camino



 

aquí peligro?: rociar la niebla con la palabra del poeta peligro: nacer de nuevo y con estos mismos ojos derrumbarme



 

 elijo la niebla entre descendencias posibles: una confusión de hules en territorio de cebras desbocadas: la belleza circular del estertor



 

en el centro de la hostilidad el amor a la muerte una dicha de pocos: lo negro dentro de esta madre o montaña busco desesperada la traición del contraste: un tren hacia la niebla vaciándome



 

pierdo porque no he sabido ser destello en la gran estación y en el borde de la mariposa descansar o morir



 

me demoran niños en la niebla soy mi propia trampa puedo desclavarlos del mito retornarlos a la suave disolución en el barro entre mis brazos los condeno a mí rememoro en la tristeza el canto de las dunas: así lloraban las ranas mi humanidad



 

si no llega es porque en el camino si uno se va no vuelve si va a la niebla no de la niebla si uno del viaje no vuelve descarrila uno en el camino cada vez



 

parece soñar pero es morir parece boca pero cicatriz vestido
pero violación reloj pero pérdida parece hijo pero tragedia
inundación pero ojo parecen zapatos: son muertos



 

 entro (entramos todos) trepo a la inmensidad de resistir es una abeja en la página el sentido de la niebla la puntuación a destiempo como recorrer el mundo a los saltos fragmentos repatriados esa mítica condena la incompletud



 

será la hora? el bostezo del camino donde me disipo de un resto inalcanzable ésta es la boca del tiempo: incesantemente el extravío resucita el devenir



 

será? no hay hora posible en la niebla no hay instante sino estallido la única espera la maldita eternidad de no saber


Tríada poesía, febrero de 2006